La imagen devorada.

El gesto se vuelve línea, el dibujo se vuelve imagen, el paisaje se vuelve materia y el trazo lo devora todo. Los dibujos se queman y se imprimen en nuestra psiquis. Se queman en la vida y en nuestra cabeza. Las imágenes quedan pero al final todo se quema. Las queremos salvar porque nos hacen felices o porque nos hacen miserables. Somos dependientes de ellas, las queremos para nosotros y que nunca mueran. Queremos que todo dure, queremos vivir para siempre. Si morimos por lo menos que nuestro legado sea eterno. Hemos transformado la imagen en tela, piedra, mármol y metal. Le hemos dado todas las pieles y todas las carnes en busca de un contenedor eterno para ella. Y al final la hemos despojado de su cuerpo y la volvimos digital, por fin ya no se pudre ni se quema, por fin ya no es finita. Se ha vuelto múltiple, la plasmamos y multiplicamos sin fin, usamos las imágenes para hacer nuevas formas y usamos dibujos para hacer nuevos dibujos. Pero queremos más, si la imagen no tiene materialidad no podemos poseerla si no es única no podemos cuidarla. La imagen es libre pero si algo podemos poseer es su cuerpo y queremos un cuerpo eterno, un cuerpo envuelto de cristal, cuidado en una caja, recubierto y embalsamado.

Quiero que este dibujo que hice en la arena con tanto amor y despreocupación no se borre, quiero que dure para siempre antes de que venga la próxima ola, porque tengo miedo de morir junto a él.

Omar Jury

Septiembre de 2019